Comunicar la mesa en masa

Comunicar la mesa en masa

Comunicar y comer son procesos similares. Un emisor, que puede ser un hablante o un cocinero, emite un mensaje (abre un diálogo con palabras o platos) y un receptor -escucha o comensal- lo recibe, lo deglute, lo asimila. Asimilar implica tiempo. Pausa para comprender lo dicho, lo leído, lo comido. En el siglo XXI la información pasa por un dragón con miles de cabezas que lanzan contenidos sin descanso. Comunicar la mesa en masa supone grandes retos: ¿cómo retener a un lector, oyente, comensal frente al bombardeo de memes, fake news, click baits, videos en tik tok, lives en Instagram, podcasts, newsletters, revistas digitales? ¿cómo competir con lo supersónico? La paradoja es que a mayor cantidad de contenido menor parece ser la información. Proliferan los “contenidos vacíos”, el ruido, las tendencias manipuladas a través de los llamados influencers, el lenguaje chatarra, los fuegos artificiales.

Encantar al receptor es la primera prueba. La segunda tiene que ver con la forma y el fondo de lo que queremos transmitir: la reseña de un restaurante, la biografía de un gastrónomo, la entrevista a un cocinero emergente, las costumbres rurales en la mesa, el origen de una receta. Comunicar es mostrar. Mostrar con palabras limpias, sin florituras innecesarias, con nitidez y efectividad, sin caer en lo solemne, invitando a reflexionar. El tercer reto está vinculado a los dos anteriores: comunicar para generar receptores exigentes. Recibimos tanto como damos. Lograr ser parte de la masa sin que la masa nos ahogue es una buena manera de empezar. En síntesis: “contenidos llenos”, dichos, escritos o cocinados con propiedad, aderezados con gancho, que cuenten lo que fuimos, que reflejen lo que somos y que proyecten lo que posiblemente seremos. Poner un mantel donde todos nos encontremos.

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