La alimentación, la vida cotidiana y la cultura familiar
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Existe un dicho popular en Venezuela cuando una persona se molesta y toma un juicio de un tercero a título personal “Si te pica es porque ají comes”.
En tantas ocasiones, siendo niña escuché esta frase, ayudé a mi abuela paterna a cosechar en su huerto ají dulce en el Sur del Lago, Estado Zulia, cosechando me decía ¿Sabes por qué se le dice ají misterioso también? Porque no sabes cuál te va a tocar más picante que otro y así es la vida.
En una respuesta llena de consejos de una mujer sabia y enamorada de su cosecha “ecológica” y libre de pesticidas , ella sin profundizar en el conocimiento agrícola y sobre el cultivo de ají dulce en tiempos modernos, hoy mi intención es otra, gracias al ají dulce, desarrollé mis sentidos conectándome desde muy pequeña con lo afrodisíaco y particular que es cocinar y comer ají.
Para mí Venezuela es un ají dulce gigante, estoy orgullosa, que en esa tierra donde me cortaron el cordón umbilical y nació mi pasión por la gastronomía y el arte culinario; lavar, cortar y sofreír una receta con ají dulce es un viaje en el tiempo, comienza con su aroma y como un pasajero en tránsito a su destino final, un ingrediente me regresa a hermosos recuerdos, me imagino caminando con un sobrero inmenso y una cesta recogiendo ajíes en ese huerto, es un eterno romance de sabores y aromas particulares que consiguen conectar con mi esencia, llegar a mi raíz, a mi mundo, honrar a mis muertos.
En una botella tallada de cristal de un coñac que ya había disfrutado, reservaba mi abuela su “Ajicero” y saltando ahora a mi línea materna, mi abuela, nacida en el Estado Trujillo, me enseñó a hacer el picante trujillano, allí el viaje fue más largo, conocí diferentes tipos de ajíes, podía comprobar lo que mi otra abuela decía ají dulce venezolano es mágico y misterioso. Con diferentes especies de ajíes, unos más picantes que otros, aprendí a preparar picante de suero de leche, esos sabores me retaban, como un amor apasionado que hace llorar y reír al mismo tiempo.
Comer ajíes es un regalo del universo, a través de ellos recibo sacudidas existenciales al cosechar un ají en el huerto de mi casa en Costa Rica y que no sepa a Venezuela, es el costo a pagar de un emigrante.
Los franceses y la mantequilla, los venezolanos y un guiso de hallacas con ají dulce; la vida y sus desaciertos; el presente mareado, la ansiedad turbia; como sea quiero un futuro con ají, decidí hacer mi camino, ser auténtica y escribir más allá de recetas.
Ambas recetas son parte de mi legado, aún escucho a lo lejos el bolero de Felipe Pirela “entre tu amor y mi amor” cuando mi abuela paterna cortaba ajíes para cocinar los domingos, su final roba un suspiro prolongado. Quiero que mis nietos digan, mi abuela cocina con un toque picoso que me hace viajar y entrar en las historias que me cuenta de sus abuelas; ¿sabes qué me dice cuando me molesto? Si te pica es porque ají comes.
“Lo que el pueblo come retrata su historia y su psicología. La cocina es una de las más elaboradas formas de la cultura. Algunas salsas significan tanto culturalmente como un estilo arquitectónico o como una forma poética. Algunos vinos están entrañablemente mezclados a una raza y a un suelo como la propia lengua en que se expresan.” Uslar Pietri,1975:33